Venezuela y Trump, a la luz de La Paz Perpetua, de Kant

Por Ricardo Sánchez García

El filósofo Immanuel Kant es recordado por su obra “Crítica de la razón pura”, donde desarrolla ideas a cerca de las posibilidades del conocimiento, así como de la importancia del constructo subjetivo en relación al objeto.

Así mismo, ha trascendido por su pensamiento ético, concretamente, se le evoca a través del imperativo categórico, en el cual señala como norma del actuar deseable en las personas, “obra solo según aquella máxima que puedas querer que se convierta en ley universal”.

Sin embargo, entre las lecturas obligadas para ilustrar el actuar jurídico deseable, entre personas y entre naciones, existe una gran obra que recomiendo ser revisada, escrita por el filósofo en 1795, “La paz perpetua”, y que nos otorga luces para reflexionar sobre las eternas problemáticas internacionales y las más recientes, entre Venezuela y Estados Unidos, o mejor dicho, entre el pueblo venezolano y el presidente Trump.

En “La paz perpetua”, Immanuel Kant propone las condiciones necesarias para eliminar la guerra entre naciones. Establece, por ejemplo, que “ningún Estado debe inmiscuirse por la fuerza en la constitución y gobierno de otro”.

Kant no era ingenuo, desde su contexto histórico comprendía que la intervención, aunque se justifique moralmente, destruye la base de un orden internacional legítimo basado en el respeto mutuo entre repúblicas soberanas.

La postura intervencionista de Trump hacia Venezuela expone la tensión entre el idealismo moral y el pragmatismo político.

Quienes defienden esa intromisión, olvidan la defensa de la democracia y los derechos humanos; quienes la rechazan se fundamentan en la importancia de una soberanía nacional y le dan sentido al principio de no intervención consagrado en el artículo 2 de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas, y el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que implícitamente protege la autodeterminación de los pueblos.

Kant argumentaba que la paz duradera requiere una federación de Estados libres que renuncien voluntariamente a la fuerza. La intervención unilateral, incluso con fines aparentemente benévolos, socava este proyecto al establecer un precedente donde el poder, no el derecho, determina las relaciones internacionales.

A Calicles, filósofo presocrático, Platón le da voz en su diálogo “Gorgias” donde defiende fuertemente la llamada “Ley del más fuerte”, según la cual, es justo que, de acuerdo a la naturaleza, el más enérgico domine al más débil y el superior tenga más que el inferior. Calicles justifica plenamente el uso de la fuerza como instrumento de dominación.

Esta discusión nos recuerda también a Thomas Hobbes que en su obra “El Leviatán” concebía el “estado de naturaleza” como una especie de guerra de todos contra todos. Según el filósofo, cada persona, en su lucha y búsqueda por defender los bienes propios, puede mancillar el  patrimonio de otro, sea por mantener la seguridad personal o para construir una reputación que le garantice su propia sobrevivencia. Hobbes propone la creación de un estado soberano necesario para la paz y el orden, lo que se podrá sólo mediante el monopolio legítimo de la fuerza.

La visión de Hobbes justifica el poder político del más fuerte, necesario para el avance hacia la convivencia civilizada.

Ante la invasión a Venezuela y la ilegal sustracción del presidente Nicolás Maduro de su país, cabe preguntarnos desde la filosofía jurídica: ¿debemos permanecer pasivos aceptando que no es importante el respeto de la soberanía en un pueblo o afirmamos que es ilegítimo el uso de la fuerza en cualquier circunstancia similar?

Para responder, tomemos en cuenta que la Declaración Universal de los Derechos Humanos reconoce el derecho de los pueblos a su autodeterminación.

 La propuesta que plantea Kant en “La paz perpetua” no está en elegir entre “la ley del más fuerte” o el respeto de la soberanía de un estado a otro; Kant trata de proponer una institucionalización de mecanismos multilaterales legítimos, donde la comunidad internacional, no una potencia solitaria, determine acciones colectivas, premonición de la aún inexistente Organización de las Naciones Unidas (ONU).

La intervención estadounidense en Venezuela revela que seguimos lejos del ideal kantiano. Hoy la ONU permanece muda y confirma lo que ya sabíamos, el organismo internacional es un aparato político que cuando se le requiere para evitar conflictos internacionales, objeto de su creación, desaparece del mapa mundial.

Y concluyo, mientras las decisiones sobre otros países se tomen desde intereses geopolíticos particulares y no desde instituciones verdaderamente representativas, la paz perpetua permanecerá como lejana aspiración.

Kant nos recuerda que el camino hacia la paz global requiere renunciar al poder unilateral, algo que ninguna superpotencia está dispuesta a hacer.

Y en nuestro país, por tanto, es menester estar alertas a las ocurrencias de un mal vecino que, en sus propias palabras, sólo respetará a su propia ética personal.

CENTRO SAMUEL RUIZ DE DERECHOS HUMANOS A.C.

RICARDO SÁNCHEZ GARCÍA

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