Por Ricardo Sánchez García
Sartre rechaza, Trump reclama, un premio nobel y en ambos, la posibilidad de ser coherente y actuar con lo que definan como libertad y responsabilidad.
En 1964 Jean-Paul Sartre envió una carta a la Academia Sueca rechazando el Premio Nobel de Literatura, donde explicaba sus razones. El filósofo ejercía el acto más radical de libertad: renunciar al prestigio para preservar su autenticidad. Sesenta años después, desde el poder político estadounidense, Donald Trump reclama insistentemente ese mismo galardón, no por literato, sino como promotor de la Paz, llegando a declarar ante la ONU en septiembre de 2025 que debería haberlo recibido “cuatro o cinco veces”.
Dos hombres, dos épocas, dos concepciones radicalmente opuestas del reconocimiento institucional. Aplaudamos la coherencia de ambos, aunque reflexionemos sobre sus respectivas filosofías existenciales.
Para comprender el rechazo al nobel de Sartre, debemos situarnos en el corazón de su pensamiento existencialista. En su libro El ser y la nada, publicado en 1943, Sartre estableció que “la existencia precede a la esencia”, es decir, que ningún ser humano posee una naturaleza predeterminada y que somos radicalmente libres para construirnos mediante nuestros actos.
Aceptar el Nobel habría significado permitir que una institución burguesa lo definiera, lo convirtiera en objeto, en esencia fija. El existencialista escribió en el diario francés Le Monde: “Un escritor debe actuar sobre su tiempo a través de los medios que le son propios, es decir, la palabra escrita”, por ende, el premio lo transformaría en institución, precisamente lo que denunció como “mala fe” durante toda su vida, ese autoengaño mediante el cual renunciamos a nuestra libertad adoptando roles prefabricados por la sociedad.
El compromiso social fue para Sartre una extensión natural de su filosofía. En 1947 afirmó en su obra ¿Qué es la literatura?, que el intelectual debe mantener su independencia crítica para no traicionar su función transformadora. Consecuente, Sartre denunció la guerra de Argelia, fundó junto a Simone de Beauvoir el grupo clandestino “Socialismo y Libertad” durante la ocupación nazi, participó en el Tribunal Russell contra los crímenes estadounidenses en Vietnam, y viajó a Cuba en 1960 para conocer a Fidel Castro y el Che Guevara.
Alguna vez dijo incluso, sobe su rechazo al Nobel Como declaró: “No es lo mismo si firmo Jean-Paul Sartre o si firmo Jean-Paul Sartre, Premio Nobel”. Sabía que al aceptar un reconocimiento burgués se debilitaría su credibilidad entre los lectores latinoamericanos y africanos, entre los oprimidos del mundo. La libertad para el filósofo francés implicaba responsabilidad absoluta.
Trump, por su parte, encarna una filosofía existencial invertida. Busca validación externa constante porque su identidad política se construye precisamente a través del reconocimiento institucional. Para un político de ultraderecha cuya narrativa se basa en el “ganar” y la acumulación de símbolos de poder, el Nobel representa legitimidad internacional que contrarresta las críticas a sus políticas nacionalistas.
El presidente estadounidense declaró sobre el Nobel de la paz, en 2025: “Debería haberlo recibido cuatro o cinco veces”, argumentando haber terminado siete guerras. Expertos en política señalan que su obsesión por premio tiene raíces en la rivalidad con Barack Obama, quien recibió el galardón en 2009.
Cuando Noruega no se lo otorgó, Donal Trump escribió al primer ministro: “Considerando que su país decidió no darme el Premio Nobel de la Paz por haber detenido ocho guerras, ya no me siento obligado a pensar puramente en la Paz”, vinculando explícitamente el rechazo con sus amenazas sobre Groenlandia, pensamiento que contrasta de forma total con el de libertad y responsabilidad de JP Sartre.
Otros personajes han rechazado reconocimientos internacionales por convicciones éticas. Boris Pasternak, galardonado en 1958 por Doctor Zhivago, inicialmente aceptó con emoción el Nobel de Literatura, pero días después el gobierno soviético lo presionó intensamente amenazándolo con el destierro, forzándolo a rechazarlo. Le Duc Tho, líder vietnamita, rechazó el Nobel de la Paz de 1973 que compartía con Henry Kissinger, alegando que en su país aún no reinaba la paz verdadera pese al acuerdo firmado.
Difundidísimo es que Marlon Brando rechazó el Oscar a Mejor Actor por El Padrino en 1973, enviando en su lugar a Sacheen Littlefeather, activista indígena, quien declaró que el motivo era el maltrato sistemático que la industria cinematográfica daba a los nativos americanos. Brando comentó posteriormente que le parecía absurdo celebrar una industria que había difamado a los indígenas durante seis décadas mientras doscientos de ellos se hallaban sitiados en Wounded Knee. La Academia pidió disculpas formales a Littlefeather cincuenta años después, en 2022.
Sartre practicó lo que predicó, que la libertad radical conlleva un peso insoportable que debemos asumir sin excusas.
Rechazar el Nobel fue un acto de coherencia filosófica y política. Preservó su autonomía como intelectual comprometido y rechazó la cosificación institucional. Tal como escribió en El ser y la nada, “El hombre está condenado a ser libre”, y esa condena implica asumir responsabilidad total por nuestros actos sin refugiarnos en roles externos que nos definan.
Trump, paradójicamente, también es coherente con su filosofía implícita del poder como acumulación de símbolos y reconocimientos externos. Su identidad política se construye mediante victorias visibles, ratings, trofeos institucionales.
Mientras Sartre participó en el Tribunal Russell contra crímenes de guerra, Trump está en camino de conducir más ataques aéreos en ocho meses que Biden en cuatro años completos.
El contraste revela dos concepciones antagónicas de la existencia humana. Sartre, fiel al principio de que “nosotros somos esta solución, la hacemos existir por nuestro compromiso mismo”, vivió su filosofía como praxis transformadora, rechazando honores que comprometerían su libertad crítica.
Trump encarna la búsqueda incesante de validación externa, donde el reconocimiento institucional se convierte en fin último.
Ambos son coherentes, pero solo Sartre elevó la coherencia a la categoría de compromiso ético con los oprimidos. El filósofo francés murió en abril de 1980 sin haber aceptado nunca el premio ni el dinero asociado, dejando un legado donde pensamiento y acción formaron una unidad indisoluble.
En eso reside su grandeza, convirtió el rechazo en afirmación de vida auténtica.
Ricardo Sánchez García.
Centro Samuel Ruiz de Derechos Humanos, A.C.
Cel. 4441 30 5851

