En He Hijacked My Brain, el productor canadiense de conciertos Gary Topp convierte su autobiografía en un relato colectivo, en el que se sucede medio siglo de música en vivo en la ciudad de Toronto.
Las únicas personas que valen algo son las que toman riesgos. La frase impactó al por entonces estudiante universitario Gary Topp, sobre todo viniendo de un genio musical de la estatura de Thelonious Monk, a quien estaba entrevistando. Un par de hechos increíbles terminaron de definir su camino, como ver a un joven Bob Dylan en un pequeño bar de Nueva York y sentir la necesidad de crear eventos así para su Toronto natal. Topp se arriesgó y se convirtió primero en promotor de las películas menos convencionales en la ciudad y luego aplicó ese conocimiento a 50 años de conciertos, que sigue produciendo en el sótano de una librería. Monk no era considerado un compositor particularmente locuaz, así que al arrancarle una declaración de principios a Thelonious, Topp intuyó que tenía un talento para tratar con músicos de igual a igual.
El criterio que tuvieron para programar tantos años de música fue el gusto de su colección de discos, una mezcla de blues, jazz, rock, heavy metal, funk, punk, reggae y más. El libro He Hijacked My Brain, traducible como Él secuestró mi cerebro, es un relato colectivo sobre la influencia de Gary en varias generaciones y tipos de artistas, de lo que puede suceder cuando un lugar y un productor se ofrecen a recibir diferentes propuestas originales en una ciudad, y aunque el título habla del amor de Gary por su oficio de productor, me pregunto cómo es que Topp tenía la energía para tratar con mánagers, público, inspectores, empleados, tomar una foto, grabar el conciento para su colección y tener el tiempo y la energía necesarios para poner música entre los grupos en vivo y hacer un espectáculo de luces.
Su historia programando y administrando el cine Roxy tiene una parte parecida a una película de Cheech & Chong, un cine para fumadores de tabaco, mota y bebedores que hacían rodar sus botellas por los pasillos o las escondían en huecos en los asientos. Ahí Topp maduró una idea: sea lo que sea que organizara, el ambiente debía proveer un refugio para los diletantes, los disidentes y los sujetos menos convencionales. Otra máxima de Topp: el evento comienza desde el momento que entra la primera persona y finaliza cuando se va la última, lo que parece muy evidente, pero hay una curaduría en darle algo bueno al público entre los grupos.
Otro aspecto llamativo de la trayectoria de Gary es su desapego, en cuanto sintió que el negocio de la música adquirió un nivel de pretenciosidad inaguantable, decidió salirse durante años, ¿Quién sabe cuánto varo dejó al abandonar temporalmente la producción de shows? Aunque si hay algo parecido a una conclusión es que la dedicación que llevó su trabajo no se puede medir en dólares canadienses; al arriesgarse a traer a música de free jazz, punk, rock pesado y muchos otros estilos por primera vez a su país, pavimentó un terreno que sería usurpado por una industria inevitablemente más fría y calculadora.
Para multiplicar una comunidad musical, el productor no sólo necesita un conocimiento real del público y una capacidad para darle un mejor trato a sus artistas que sus competidores; también debe ser capaz de solucionar los asuntos migratorios y hacerlos cruzar su frontera sin inconvenientes.

